miércoles, 12 de agosto de 2015

Segunda parte del Capítulo 1 DE NO HAY UN VERANO COMO LOS NUESTROS



Lucas
Este verano, al tiempo le costaba arrancar. La vida había puesto un obstáculo en mi vida, muy difícil de traspasar. Las horas se me hacían eternas. Me refugiaba en los recuerdos, en las fotos, en mi vida. Una vida en la que nunca he dejado de sonreír pasara lo que pasara. Si el cielo se teñía de gris, allí estaban ellos con una brocha, para pintarle de azul. Para colorear mis labios de un rojo que jamás había visto. Mis dientes nunca brillaban tanto como en verano.
Porque ya me lo decía Axel. Que en cada estrella están nuestros corazones; que las estrellas conectadas entre sí, aguardan numerosos corazones llenos de vidas, vidas que comparten juntos. También decía que cuanta más pequeña es la estrella, más grande es el corazón que la sostiene.  Que gran tío es. Le echaba mucho de menos. Necesitaba verle. Necesitaba oírle. Necesitaba abrazarle. Siempre con sus consejos, con sus ganas de vivir la vida.                       Sabía que hoy llegaba al pueblo, el olor de las palmeras de chocolate que su abuelo viene siempre a comprar a nuestra panadería, era inconfundible.                                                              Cuando se entere de lo sucedido, a su pequeña estrella la faltará coraje para sostener su corazón.
 Hace apenas unos minutos, mi madre entró en mi cuarto, se apoyó en mi brazo y me dijo:
-Corazón, ¿Por qué no sales a dar un paseo? ¿Por qué no quedas con esos amigos tuyos de verano?                                                                                                                                                   Decidí mentirla, decirla que dentro de un rato lo haría. Pero ni fuerzas ni ganas me quedaban. Ella se marchó, al cerrarme la puerta me sonrió. Y en seguidamente se fue a su cuarto a derramar las lágrimas diarias que la estaban dejando sin vida.
Dentro de un rato mi padre me subirá unos dulces que siempre preparaba para mí. Cada día me pone algo especial. Tan especial como él. Mi padre es súper especial, daría la vida por mamá y por mí.  Seguro que esos dulces me devolverían la sonrisa, como lo hacían todos los días.
Leonor
No paraba de pensar en Lucas, en lo desafortunado que era. Se me venía su imagen a la mente, y me costaba asimilar lo que estaba sucediendo. Desde muy pequeña le conozco, hemos sido siempre vecinos hasta que se mudaron a la otra punta del pueblo. En verano, éramos los únicos que nos quedábamos en el pueblo, siempre teníamos muchas ganas de ver a nuestros amigos los veraneantes, que nos recibían con mucho cariño y alegría. Seguramente que este año ya estén todos aquí.
Suspirar y suspirar, llorar y llorar. No podía creer que lo que se había convertido en mi mayor ilusión estuviera acabando con mi paciencia. Esa ilusión de vivir el verano a fondo, de compartirlo con Axel, con Sandra, con Úrsula, con Lucas…
Prometimos estar siempre unidos, que nadie ni nada nos separaría, que NUNCA HABRÍA UN VERANO COMO LOS NUESTROS. Me acuerdo de aquella frase que Axel un día dijo en plena lluvia de estrellas, era algo así como que el futuro era la tierra de la felicidad, que veía un futuro a nuestro lado… El futuro es una mentira, conocemos el pasado y el presente, ¿y por qué no podemos conocer el futuro?,  ¿por qué quizá aquello que vivimos día a día no sería lo mismo?, ¿por qué a lo mejor el futuro no es la tierra de la felicidad sino simplemente no existe? Ni respuestas, ni explicaciones hallaba nunca. Lo que sí tenía claro es que este verano no sería como los nuestros…
Úrsula
No entendía nada de nada. Tan solo llevaba dos días en el pueblo y mis amigos no habían venido a visitarme. La incertidumbre corría por mi cuerpo, así que esta mañana me planteé dar una vuelta por las humildes calles de esta villa. Desafortunadamente lo único que me encontró fue un inmenso silencia que parecía el adorno de las mil y una calles. Todo era tan… Tan triste que parecía que no había ninguna alma por aquí. De camino a casa, me encontré con el abuelo de Axel. Llevaba esas rosquillas de chocolate tan ricas que el padre de Lucas preparaba especialmente para Axel. Cuando le ví empecé a dar saltos de alegría. Me fui gritando hasta casa nuestro símbolo de amistad, esas palabras que al oírlas me ponían la piel como la de las gallinas de Sandra. Gritaba: ¡NO HAY UN VERANO COMO LOS NUESTROS!
Mi ilusión se derrumbó por completo cuando mis padres me esperaban en la mesa de la cocina, me contaron aquello que resolvía todas mis dudas. Nuestro verano nunca más sería igual… Dejando desfallecer mi cuerpo me tumbé en el sofá, miré al techo, cerré los ojos y lentamente comencé a llorar. Las desganas acabaron con mis fuerzas y me quede dormida.

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