Lucas
Este verano, al tiempo le costaba arrancar. La vida había
puesto un obstáculo en mi vida, muy difícil de traspasar. Las horas se me
hacían eternas. Me refugiaba en los recuerdos, en las fotos, en mi vida. Una
vida en la que nunca he dejado de sonreír pasara lo que pasara. Si el cielo se
teñía de gris, allí estaban ellos con una brocha, para pintarle de azul. Para
colorear mis labios de un rojo que jamás había visto. Mis dientes nunca
brillaban tanto como en verano.
Porque ya me lo decía Axel. Que en cada estrella están
nuestros corazones; que las estrellas conectadas entre sí, aguardan numerosos
corazones llenos de vidas, vidas que comparten juntos. También decía que cuanta
más pequeña es la estrella, más grande es el corazón que la sostiene. Que gran tío es. Le echaba mucho de menos.
Necesitaba verle. Necesitaba oírle. Necesitaba abrazarle. Siempre con sus
consejos, con sus ganas de vivir la vida. Sabía que hoy llegaba al
pueblo, el olor de las palmeras de chocolate que su abuelo viene siempre a
comprar a nuestra panadería, era inconfundible. Cuando se entere de lo
sucedido, a su pequeña estrella la faltará coraje para sostener su corazón.
Hace apenas unos
minutos, mi madre entró en mi cuarto, se apoyó en mi brazo y me dijo:
-Corazón, ¿Por qué no sales a dar un paseo? ¿Por qué no
quedas con esos amigos tuyos de verano?
Decidí mentirla, decirla que dentro de un rato lo haría. Pero ni fuerzas
ni ganas me quedaban. Ella se marchó, al cerrarme la puerta me sonrió. Y en
seguidamente se fue a su cuarto a derramar las lágrimas diarias que la estaban
dejando sin vida.
Dentro de un rato mi padre me subirá unos dulces que siempre
preparaba para mí. Cada día me pone algo especial. Tan especial como él. Mi
padre es súper especial, daría la vida por mamá y por mí. Seguro que esos dulces me devolverían la
sonrisa, como lo hacían todos los días.
Leonor
No paraba de pensar en Lucas, en lo desafortunado que era.
Se me venía su imagen a la mente, y me costaba asimilar lo que estaba
sucediendo. Desde muy pequeña le conozco, hemos sido siempre vecinos hasta que
se mudaron a la otra punta del pueblo. En verano, éramos los únicos que nos
quedábamos en el pueblo, siempre teníamos muchas ganas de ver a nuestros amigos
los veraneantes, que nos recibían con mucho cariño y alegría. Seguramente que
este año ya estén todos aquí.
Suspirar y suspirar, llorar y llorar. No podía creer que lo
que se había convertido en mi mayor ilusión estuviera acabando con mi
paciencia. Esa ilusión de vivir el verano a fondo, de compartirlo con Axel, con
Sandra, con Úrsula, con Lucas…
Prometimos estar siempre unidos, que nadie ni nada nos
separaría, que NUNCA HABRÍA UN VERANO COMO LOS NUESTROS. Me acuerdo de aquella
frase que Axel un día dijo en plena lluvia de estrellas, era algo así como que
el futuro era la tierra de la felicidad, que veía un futuro a nuestro lado… El
futuro es una mentira, conocemos el pasado y el presente, ¿y por qué no podemos
conocer el futuro?, ¿por qué quizá
aquello que vivimos día a día no sería lo mismo?, ¿por qué a lo mejor el futuro
no es la tierra de la felicidad sino simplemente no existe? Ni respuestas, ni
explicaciones hallaba nunca. Lo que sí tenía claro es que este verano no sería
como los nuestros…
Úrsula
No entendía nada de nada. Tan solo llevaba dos días en el
pueblo y mis amigos no habían venido a visitarme. La incertidumbre corría por
mi cuerpo, así que esta mañana me planteé dar una vuelta por las humildes
calles de esta villa. Desafortunadamente lo único que me encontró fue un
inmenso silencia que parecía el adorno de las mil y una calles. Todo era tan…
Tan triste que parecía que no había ninguna alma por aquí. De camino a casa, me
encontré con el abuelo de Axel. Llevaba esas rosquillas de chocolate tan ricas
que el padre de Lucas preparaba especialmente para Axel. Cuando le ví empecé a
dar saltos de alegría. Me fui gritando hasta casa nuestro símbolo de amistad,
esas palabras que al oírlas me ponían la piel como la de las gallinas de
Sandra. Gritaba: ¡NO HAY UN VERANO COMO LOS NUESTROS!
Mi ilusión se derrumbó por completo cuando mis padres me
esperaban en la mesa de la cocina, me contaron aquello que resolvía todas mis
dudas. Nuestro verano nunca más sería igual… Dejando desfallecer mi cuerpo me
tumbé en el sofá, miré al techo, cerré los ojos y lentamente comencé a llorar.
Las desganas acabaron con mis fuerzas y me quede dormida.
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