sábado, 22 de agosto de 2015

¡¡¡ATENCIÓN!!!!

En el capítulo 4 nos da una pista de lo que va a pasar en breves. Va a suceder algo que va a cambiar la historia por completo. ATENCIÓN A ESTA FRASE:
-Axel, si has de destacar en la vida, que sea por ser diferente, por hacer cosas que algún día el cielo te lo agradecerá. Porque quien es capaz de cambiar el mundo con un solo detalle, es capaz de rozar el cielo, tocar las estrellas y bailar sobre las nubes

CAPÍTULO 4 DE NO HAY UN VERANO COMO LOS NUESTROS



CAPÍTULO 4
“Mi suerte, ser diferente”
Desperté de la oscuridad, abrí los ojos y me tope de frente con la realidad. El padre de Lucas me había llevado hasta mi cuarto. En cuanto oí su voz, me levanté rápidamente de la cama y sigilosamente me quedé detrás de la puerta. Escuché parte de la conversación que mi abuelo y el padre de Lucas tenían.
-Señor Fernández, no hay nada que podamos hacer para que mi hijo se salve. No acepta ningún trasplante.
-¿No tiene la misma sangre que vosotros?
-Desafortunadamente ni su madre ni yo tenemos su grupo sanguíneo.
-Yo me puedo hacer las pruebas si ustedes lo desean, estaría encantado de darle la vida a ese pobre niño.
-Gracias, buen hombre. Pero sería en vano, no ha aceptado ningún trasplante. Y lo más probable es que usted tenga el hígado cansado. Ya sabe usted, la edad pasa por todos y él necesita un hígado joven.
-Tiene usted razón. Lo siento mucho de verdad.
Mientras escuchaba aquella desagradable conversación, se me hizo inevitable llorar. Nunca me ha gustado llorar, por el mero hecho de ser hombre, pero aquello no lo podía controlar. El padre de Lucas se fue llorando a su panadería. Los padres de Lucas no podían con aquella pesadilla pero aun así todos los días te recibían con una sonrisa.                                                                      
Mi abuelo entró en mi habitación con un vaso de leche con miel, me preguntó que si estaba bien. Comprendió enseguida todo y me abrazó.
-¡Muchachín! No hay que estar triste, la vida es así. A veces estas cosas no las podemos evitar.  Lo de hoy ha sido una falsa alarma. Lucas ya está mejor y el padre de Lucas te encontró en la calle tirado y te ha traído hasta aquí.  Toma esta taza de leche calentita y descansa un poco.
-No me apetece abuelo. Quiero ir a ver a Lucas, lo necesito. Lo necesita.
-¡No!
-¿Por qué abuelo?
-Porque vamos a hacer algo mejor. Vas a llamar a todos tus amigos de verano y yo os voy a preparar dulces y una súper fiesta.
-Genial Abuelo.
Aquella idea sonaba genial. Me apresuré hacia el lavabo, me lavé la cara para que nadie notara que había estado llorando. Le dí un beso a mi abuelo y justo cuando me precipitaba a salir por la puerta me dijo:
-Axel, si has de destacar en la vida, que sea por ser diferente, por hacer cosas que algún día el cielo te lo agradecerá. Porque quien es capaz de cambiar el mundo con un solo detalle, es capaz de rozar el cielo, tocar las estrellas y bailar sobre las nubes.
Sonreí. Mi abuelo siempre había llenado mi mente de sus frases célebres. Esas frasecillas que se me quedaban grabadas en la mente e intentaba aplicarlas a la vida real. De mayor quería ser como mi abuelo. Ser feliz con poco. Sonreírle a la vida e invitar a los demás a sonreír.
Con una sonrisa en la boca, cogí la bicicleta que había en la puerta. Lucas necesitaba ser feliz y yo iba a hacer todo lo que estuviera en mis manos para lograrlo. Porque la suerte de aquellos que son diferentes es enorme. Y esa era mi suerte, ser diferente.

lunes, 17 de agosto de 2015

Capítulo 3 de "NO HAY UN VERANO COMO LOS NUESTROS"



CAPÍTULO 3
“Dejar marchitar las flores, fin de la primavera”
Cerré la ventana. No quería ver como aquella flor se marchitaba con la luz del sol. Momentos antes, entre lágrimas, mi abuelo me había contado una de las peores noticias que había oído en mi vida. Su voz temblorosa al narrarlo mostraba lo que mis oídos nunca hubieran querido oír. En ese momento, cogí la maleta, la llevé a la habitación y dejé a un lado mi fortaleza. Rompí a llorar como un obseso. Cerraba los ojos y no podía creerlo. La vida de Lucas se terminaba en cuestión de horas y yo no podía hacer nada al respecto
Mi cabeza no dejaba de pensar en él. Sin consultarlo con mi abuelo cogí aquella bicicleta de señorita de paseo  roja y me apresuré hacia la panadería. Necesitaba verle, necesitaba abrazarle, necesitaba decirle que no era su hora, que iba a hacer lo imposible porque se curase. Me engañaba en vano. Aquello solo tenía una solución, un donante. Una persona que estuviera dispuesta a sacrificar su vida por dársela a mi amigo. Pero no podía quedarme de brazos cruzados, debía hacer que el último verano de Lucas fuese inolvidable, que siempre nos recordara…
Me sequé los ojos. No iba a dejar por nada en el mundo que se acabara la primavera, solo por dejar marchitar las flores. Cogí aquella oxidada bici y cambié de dirección. La casa de Sandra sería mi primer objetivo. Llegaría allí, quizás estuviera con su prima, esa prima de la que tanto me ha hablado y la cual tenía muchas ganas de conocer pero no estaba muy seguro de que este año la trajera, pues sus padres eran un poco rectos a la hora del desorden y su prima era todo lo contrario. Una vez que llegará allí, la convencería para que hiciera lo que yo la propusiese, seguramente no habría problema. Los dos juntos iríamos a buscar a Leonor, la contaríamos mi plan y rápidamente iríamos a por Úrsula, que lo más probable es que ya hubiera llegado. Haríamos lo mismo con Úrsula y veloces como la luz visitaríamos la Panadería del señor Redondo. Iba a ser un plan perfecto… Pero todo se quedó en eso, en un intento. De camino a la casa de Leonor vi como la Ambulancia aparcaba en casa de Lucas. La sangre se me heló, los ojos se me empezaron a encharcar, solté la bici, me caí al suelo y comenzó a llover.

viernes, 14 de agosto de 2015

Capítulo 2 de NO HAY UN VERANO COMO LOS NUESTROS



CAPÍTULO 2
Finalmente llegué a mi destino. El sueño había podido conmigo y caí rendido en el asiento del coche. Abrí la puerta de aquel carro y en ese mismo instante fui consciente de que ya estaba allí. Respirar el frescor de la plena naturaleza, el olor de los guisos de los habitantes de aquel pueblecito, las palmeras de chocolates que me esperaban allí, sus saludos de buenos días…   Sin embargo; no me sentía cómodo. Era una sensación dulce pero a la vez fría, muy fría, casi helada. 
Cogí mi maleta, y llamé a la casa de mi abuelo. Como nos tenía acostumbrado, nos recibió con aquellas palmeras de chocolate que preparaba el padre de Lucas solo para nosotros. Ver a mi abuelo significaba todo, poder abrazarle de nuevo, jugar con él… Cada año le pedía a mi estrella que cuidara mucho de la de mi abuelo. Año tras año lo hacía, y tenía miedo de que algún día la estrella de mi abuelo se debilitara por completo y tuviera que abandonar su corazón. Dicen que quien tiene un abuelo, tiene un tesoro. Para mí mi abuelo no es un tesoro, es lo que hace arrancar mi vida.    
------------------------------
Axel ya había llegado. Mi prima y yo le habíamos estado observando por la ventana. Intuíamos que había estado durmiendo todo el viaje. Su cara así lo decía. Al verle, mi prima me miró y las dos empezamos a reír a carcajadas. Lo que sentía yo por aquel chico era muy especial. Nunca me he atrevido a decirle nada por temor a que él no sintiera lo mismo; también porque no quería perder su amistad. Difícil me parecía que este verano nos alegrara a todos con su mera presencia, pero tenía un ligero presentimiento que me confirmaba que su llegada venía cargada de algo especial. Tan especial como él. Su dulzura y su personalidad eran capaces de acabar con mis ratos de malhumor.  Mi prima tenía muchísimas ganas de conocerle, ya que en la ciudad siempre le hablo de él. Ella me animó a ir a su casa, a hablar con él y explicarle lo que había a pasado en estos últimos meses; pensé que no era lo correcto que seguramente su abuelo ya le había puesto al corriente de todo. Al mismo tiempo que estábamos teniendo esta conversación, llamaron al timbre.
----------------------
Cogí mi maleta de maquillaje y me dirigí a la casa de Úrsula.                                                                Úrsula ha sido con la que más afinidad he tenido en todos los veranos. Solíamos quedar para maquillarnos, para hacernos miles de cosas en nuestros cabellos, para contarnos los chicos tan maravillosos que habíamos conocido en el tiempo en que no nos habíamos visto…                          Desanimada y con pocas ganas de nada estaba pero mi madre me obligó a ir a ver a Úrsula… Sinceramente no sabía que ya estaba en el pueblo, apenas había salido de casa desde que me enteré de dicha tragedia.                                                                                                                                                      Decidí hacer caso a mi madre, acudir a la casa de mi amiga. Mi finalidad no era otra que rescatar los mágicos momentos de nuestros veranos, de poder hacer algo en contra de lo que se nos avecinaba. Cuando llegué a su casa me la encontré desolada, llorando… Al verla, corrí enseguida a darla un abrazo, a llorar con ella. En esos momentos tan difíciles lo único que nos quedaba a todos era mostrar nuestra tristeza, desahogarnos, hacer piña unos con otros y vivir lo que la vida nos había estampado en nuestra cara.
----------------
De la peor manera recibí a Leonor este año. Las sonrisas de años anteriores, se habían convertido en lágrimas que contenían un veneno incurable. Al verme, me abrazó y las dos nos derrumbamos en mi cuarto. El sol había dejado de brillar, el bosque se había convertido en un alma sin color, la Luna no quería hacerse ver y las estrellas ni existían. Todo estaba preparado para la gran tragedia. Leonor había traído su maleta con el maquillaje y los artilugios para el pelo. Les dejo en un rincón y allí se quedaron hasta que su madre la llamó y tuvo que volver a casa. En esas tres horas sin parar de llorar, a las dos nos había quedado algo bien claro. Teníamos que ir ese mismo día a visitar a Lucas, se lo merecía y lo necesitaba.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Segunda parte del Capítulo 1 DE NO HAY UN VERANO COMO LOS NUESTROS



Lucas
Este verano, al tiempo le costaba arrancar. La vida había puesto un obstáculo en mi vida, muy difícil de traspasar. Las horas se me hacían eternas. Me refugiaba en los recuerdos, en las fotos, en mi vida. Una vida en la que nunca he dejado de sonreír pasara lo que pasara. Si el cielo se teñía de gris, allí estaban ellos con una brocha, para pintarle de azul. Para colorear mis labios de un rojo que jamás había visto. Mis dientes nunca brillaban tanto como en verano.
Porque ya me lo decía Axel. Que en cada estrella están nuestros corazones; que las estrellas conectadas entre sí, aguardan numerosos corazones llenos de vidas, vidas que comparten juntos. También decía que cuanta más pequeña es la estrella, más grande es el corazón que la sostiene.  Que gran tío es. Le echaba mucho de menos. Necesitaba verle. Necesitaba oírle. Necesitaba abrazarle. Siempre con sus consejos, con sus ganas de vivir la vida.                       Sabía que hoy llegaba al pueblo, el olor de las palmeras de chocolate que su abuelo viene siempre a comprar a nuestra panadería, era inconfundible.                                                              Cuando se entere de lo sucedido, a su pequeña estrella la faltará coraje para sostener su corazón.
 Hace apenas unos minutos, mi madre entró en mi cuarto, se apoyó en mi brazo y me dijo:
-Corazón, ¿Por qué no sales a dar un paseo? ¿Por qué no quedas con esos amigos tuyos de verano?                                                                                                                                                   Decidí mentirla, decirla que dentro de un rato lo haría. Pero ni fuerzas ni ganas me quedaban. Ella se marchó, al cerrarme la puerta me sonrió. Y en seguidamente se fue a su cuarto a derramar las lágrimas diarias que la estaban dejando sin vida.
Dentro de un rato mi padre me subirá unos dulces que siempre preparaba para mí. Cada día me pone algo especial. Tan especial como él. Mi padre es súper especial, daría la vida por mamá y por mí.  Seguro que esos dulces me devolverían la sonrisa, como lo hacían todos los días.
Leonor
No paraba de pensar en Lucas, en lo desafortunado que era. Se me venía su imagen a la mente, y me costaba asimilar lo que estaba sucediendo. Desde muy pequeña le conozco, hemos sido siempre vecinos hasta que se mudaron a la otra punta del pueblo. En verano, éramos los únicos que nos quedábamos en el pueblo, siempre teníamos muchas ganas de ver a nuestros amigos los veraneantes, que nos recibían con mucho cariño y alegría. Seguramente que este año ya estén todos aquí.
Suspirar y suspirar, llorar y llorar. No podía creer que lo que se había convertido en mi mayor ilusión estuviera acabando con mi paciencia. Esa ilusión de vivir el verano a fondo, de compartirlo con Axel, con Sandra, con Úrsula, con Lucas…
Prometimos estar siempre unidos, que nadie ni nada nos separaría, que NUNCA HABRÍA UN VERANO COMO LOS NUESTROS. Me acuerdo de aquella frase que Axel un día dijo en plena lluvia de estrellas, era algo así como que el futuro era la tierra de la felicidad, que veía un futuro a nuestro lado… El futuro es una mentira, conocemos el pasado y el presente, ¿y por qué no podemos conocer el futuro?,  ¿por qué quizá aquello que vivimos día a día no sería lo mismo?, ¿por qué a lo mejor el futuro no es la tierra de la felicidad sino simplemente no existe? Ni respuestas, ni explicaciones hallaba nunca. Lo que sí tenía claro es que este verano no sería como los nuestros…
Úrsula
No entendía nada de nada. Tan solo llevaba dos días en el pueblo y mis amigos no habían venido a visitarme. La incertidumbre corría por mi cuerpo, así que esta mañana me planteé dar una vuelta por las humildes calles de esta villa. Desafortunadamente lo único que me encontró fue un inmenso silencia que parecía el adorno de las mil y una calles. Todo era tan… Tan triste que parecía que no había ninguna alma por aquí. De camino a casa, me encontré con el abuelo de Axel. Llevaba esas rosquillas de chocolate tan ricas que el padre de Lucas preparaba especialmente para Axel. Cuando le ví empecé a dar saltos de alegría. Me fui gritando hasta casa nuestro símbolo de amistad, esas palabras que al oírlas me ponían la piel como la de las gallinas de Sandra. Gritaba: ¡NO HAY UN VERANO COMO LOS NUESTROS!
Mi ilusión se derrumbó por completo cuando mis padres me esperaban en la mesa de la cocina, me contaron aquello que resolvía todas mis dudas. Nuestro verano nunca más sería igual… Dejando desfallecer mi cuerpo me tumbé en el sofá, miré al techo, cerré los ojos y lentamente comencé a llorar. Las desganas acabaron con mis fuerzas y me quede dormida.

domingo, 9 de agosto de 2015

Primera Parte del Capítulo 1 de NO HAY UN VERANO COMO LOS NUESTROS



Axel
El viaje sería largo, pero estaba seguro de que merecería la pena. De que llegar allí significaría todo por lo que he estado luchando día tras día en esa pesadilla que llaman instituto. Volver a verles de nuevo, volver a sentir sus bromas, sus risas, sus abrazos, sus horas de aburrimiento, nuestras tonterías, lo mágico que es estar con ellos…
Solo me quedaban 3 horas para llegar, las tres horas más largas seguramente de mi vida. Siempre lo han sido y siempre lo serán. Pero todo tenía un fin, llegar a aquel lugar y disfrutar de este verano, porque No Hay Un Verano Como Los Nuestros.
La música de Coldplay me hacía todo aquello más ameno, cada sílaba de aquellas canciones me transmitía algo tan puro que dejaba completamente de pensar. Me adentraba de lleno en sus palabras. Era como si por un momento el tiempo se parara, como si la música me enseñase a pensar. Poquito a poquito el cansancio se hizo con la fragilidad de mis párpados, cegando por completo la luz que mis ojos captaban.
Sandra
Estaba convencida de que este verano iba a ser especial, que traerme a mi prima Daniela al pueblo, acabaría con las horas muertas cuando no estaba con ellos. Pero me equivoqué, ni este sería el mejor verano de mi vida, ni podría compartirle con ellos.
Mi prima Daniela me daba ánimos diciéndome que todo volvería a ser como antes, que solo era una pieza la que faltaba, que no por ello el puzle iba a ocultar el azul del cielo. Duras y difíciles me parecían aquellas palabras. Tenía confianza, quería hacerla caso, pero llevaba diez días en el pueblo y no sabía nada de ninguno de ellos. Las tímidas risas de mis amigos no llenaban las calles; su fortaleza y felicidad habían sido raptadas. El pueblo ya no era el mismo.
Esta mañana fuimos Daniela y yo a comprar el pan a aquella panadería que hacía el pan más rico que mi boca había probado. Nos encontramos con los abuelos de Axel, que compraban unas dulces palmeras de chocolate. En ese mismo momento, el silencio ocupo mi corazón, las lágrimas recorrían mi blanca cara. Axel estaba de camino, su abuelo siempre le compraba su dulce favorito el día en el que regresaba de su país. Axel, la persona con la que más nos divertíamos. Seguro que tenía una ganas enormes de llegar, al igual que las tenía yo. Pobrecillo cuando se entere de la noticia.
Mi prima Daniela se encargó de comprar el pan. Yo regresé a la casa de mi abuela y me tumbé en la cama, esperando recibir noticias de la llegada de Axel. Cerré los ojos y me quedé dormida