viernes, 14 de agosto de 2015

Capítulo 2 de NO HAY UN VERANO COMO LOS NUESTROS



CAPÍTULO 2
Finalmente llegué a mi destino. El sueño había podido conmigo y caí rendido en el asiento del coche. Abrí la puerta de aquel carro y en ese mismo instante fui consciente de que ya estaba allí. Respirar el frescor de la plena naturaleza, el olor de los guisos de los habitantes de aquel pueblecito, las palmeras de chocolates que me esperaban allí, sus saludos de buenos días…   Sin embargo; no me sentía cómodo. Era una sensación dulce pero a la vez fría, muy fría, casi helada. 
Cogí mi maleta, y llamé a la casa de mi abuelo. Como nos tenía acostumbrado, nos recibió con aquellas palmeras de chocolate que preparaba el padre de Lucas solo para nosotros. Ver a mi abuelo significaba todo, poder abrazarle de nuevo, jugar con él… Cada año le pedía a mi estrella que cuidara mucho de la de mi abuelo. Año tras año lo hacía, y tenía miedo de que algún día la estrella de mi abuelo se debilitara por completo y tuviera que abandonar su corazón. Dicen que quien tiene un abuelo, tiene un tesoro. Para mí mi abuelo no es un tesoro, es lo que hace arrancar mi vida.    
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Axel ya había llegado. Mi prima y yo le habíamos estado observando por la ventana. Intuíamos que había estado durmiendo todo el viaje. Su cara así lo decía. Al verle, mi prima me miró y las dos empezamos a reír a carcajadas. Lo que sentía yo por aquel chico era muy especial. Nunca me he atrevido a decirle nada por temor a que él no sintiera lo mismo; también porque no quería perder su amistad. Difícil me parecía que este verano nos alegrara a todos con su mera presencia, pero tenía un ligero presentimiento que me confirmaba que su llegada venía cargada de algo especial. Tan especial como él. Su dulzura y su personalidad eran capaces de acabar con mis ratos de malhumor.  Mi prima tenía muchísimas ganas de conocerle, ya que en la ciudad siempre le hablo de él. Ella me animó a ir a su casa, a hablar con él y explicarle lo que había a pasado en estos últimos meses; pensé que no era lo correcto que seguramente su abuelo ya le había puesto al corriente de todo. Al mismo tiempo que estábamos teniendo esta conversación, llamaron al timbre.
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Cogí mi maleta de maquillaje y me dirigí a la casa de Úrsula.                                                                Úrsula ha sido con la que más afinidad he tenido en todos los veranos. Solíamos quedar para maquillarnos, para hacernos miles de cosas en nuestros cabellos, para contarnos los chicos tan maravillosos que habíamos conocido en el tiempo en que no nos habíamos visto…                          Desanimada y con pocas ganas de nada estaba pero mi madre me obligó a ir a ver a Úrsula… Sinceramente no sabía que ya estaba en el pueblo, apenas había salido de casa desde que me enteré de dicha tragedia.                                                                                                                                                      Decidí hacer caso a mi madre, acudir a la casa de mi amiga. Mi finalidad no era otra que rescatar los mágicos momentos de nuestros veranos, de poder hacer algo en contra de lo que se nos avecinaba. Cuando llegué a su casa me la encontré desolada, llorando… Al verla, corrí enseguida a darla un abrazo, a llorar con ella. En esos momentos tan difíciles lo único que nos quedaba a todos era mostrar nuestra tristeza, desahogarnos, hacer piña unos con otros y vivir lo que la vida nos había estampado en nuestra cara.
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De la peor manera recibí a Leonor este año. Las sonrisas de años anteriores, se habían convertido en lágrimas que contenían un veneno incurable. Al verme, me abrazó y las dos nos derrumbamos en mi cuarto. El sol había dejado de brillar, el bosque se había convertido en un alma sin color, la Luna no quería hacerse ver y las estrellas ni existían. Todo estaba preparado para la gran tragedia. Leonor había traído su maleta con el maquillaje y los artilugios para el pelo. Les dejo en un rincón y allí se quedaron hasta que su madre la llamó y tuvo que volver a casa. En esas tres horas sin parar de llorar, a las dos nos había quedado algo bien claro. Teníamos que ir ese mismo día a visitar a Lucas, se lo merecía y lo necesitaba.

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