CAPÍTULO 2
Finalmente llegué a mi destino. El sueño había podido
conmigo y caí rendido en el asiento del coche. Abrí la puerta de aquel carro y
en ese mismo instante fui consciente de que ya estaba allí. Respirar el frescor
de la plena naturaleza, el olor de los guisos de los habitantes de aquel
pueblecito, las palmeras de chocolates que me esperaban allí, sus saludos de
buenos días… Sin embargo; no me sentía
cómodo. Era una sensación dulce pero a la vez fría, muy fría, casi helada.
Cogí mi maleta, y llamé a la
casa de mi abuelo. Como nos tenía acostumbrado, nos recibió con aquellas
palmeras de chocolate que preparaba el padre de Lucas solo para nosotros. Ver a
mi abuelo significaba todo, poder abrazarle de nuevo, jugar con él… Cada año le
pedía a mi estrella que cuidara mucho de la de mi abuelo. Año tras año lo
hacía, y tenía miedo de que algún día la estrella de mi abuelo se debilitara
por completo y tuviera que abandonar su corazón. Dicen que quien tiene un
abuelo, tiene un tesoro. Para mí mi abuelo no es un tesoro, es lo que hace
arrancar mi vida.
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Axel ya había llegado. Mi prima
y yo le habíamos estado observando por la ventana. Intuíamos que había estado
durmiendo todo el viaje. Su cara así lo decía. Al verle, mi prima me miró y las
dos empezamos a reír a carcajadas. Lo que sentía yo por aquel chico era muy
especial. Nunca me he atrevido a decirle nada por temor a que él no sintiera lo
mismo; también porque no quería perder su amistad. Difícil me parecía que este
verano nos alegrara a todos con su mera presencia, pero tenía un ligero
presentimiento que me confirmaba que su llegada venía cargada de algo especial.
Tan especial como él. Su dulzura y su personalidad eran capaces de acabar con
mis ratos de malhumor. Mi prima tenía
muchísimas ganas de conocerle, ya que en la ciudad siempre le hablo de él. Ella
me animó a ir a su casa, a hablar con él y explicarle lo que había a pasado en
estos últimos meses; pensé que no era lo correcto que seguramente su abuelo ya
le había puesto al corriente de todo. Al mismo tiempo que estábamos teniendo
esta conversación, llamaron al timbre.
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Cogí mi maleta de maquillaje y me dirigí a la casa de Úrsula. Úrsula ha sido con la que más afinidad
he tenido en todos los veranos. Solíamos quedar para maquillarnos, para
hacernos miles de cosas en nuestros cabellos, para contarnos los chicos tan
maravillosos que habíamos conocido en el tiempo en que no nos habíamos visto… Desanimada y con
pocas ganas de nada estaba pero mi madre me obligó a ir a ver a Úrsula…
Sinceramente no sabía que ya estaba en el pueblo, apenas había salido de casa
desde que me enteré de dicha tragedia.
Decidí hacer caso a mi madre, acudir a la casa de mi amiga. Mi finalidad
no era otra que rescatar los mágicos momentos de nuestros veranos, de poder
hacer algo en contra de lo que se nos avecinaba. Cuando llegué a su casa me la
encontré desolada, llorando… Al verla, corrí enseguida a darla un abrazo, a
llorar con ella. En esos momentos tan difíciles lo único que nos quedaba a
todos era mostrar nuestra tristeza, desahogarnos, hacer piña unos con otros y
vivir lo que la vida nos había estampado en nuestra cara.
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De la peor manera recibí a Leonor este año. Las sonrisas de
años anteriores, se habían convertido en lágrimas que contenían un veneno
incurable. Al verme, me abrazó y las dos nos derrumbamos en mi cuarto. El sol
había dejado de brillar, el bosque se había convertido en un alma sin color, la
Luna no quería hacerse ver y las estrellas ni existían. Todo estaba preparado
para la gran tragedia. Leonor había traído su maleta con el maquillaje y los
artilugios para el pelo. Les dejo en un rincón y allí se quedaron hasta que su
madre la llamó y tuvo que volver a casa. En esas tres horas sin parar de
llorar, a las dos nos había quedado algo bien claro. Teníamos que ir ese mismo
día a visitar a Lucas, se lo merecía y lo necesitaba.
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