CAPÍTULO 7
“Recuerdos de agua ”
En menos que canta un gallo, llegamos a la casa de Úrsula.
Nos costó la vida convencerla para que saliera y hablara con nosotros. Su
abuela insistió por activa y por pasiva, pero fue incapaz de convencerle. Ella
nos invitó a pasar. Era una señora muy alegre, siempre nos invitaba a una dulce
limonada que preparaba con todo el amor del mundo y que sabía que daba gloria. Ese
día no fue menos.
-Corazones, sentaros a la mesa. Enseguida os voy a preparar
una limonada. Como siempre. Y ya veréis como a Úrsula se la pasa el berrinche
que tiene. Pero imagino que vosotros os sentiréis igual. Es una pena lo de
Lucas…
Nadie se pronunció al respecto de las palabras de aquella
señora. Ella se retiró del salón y mientras preparaba la limonada, nosotros
empezamos a escribir en una libreta algunos de los planes que ya teníamos. Mi mente desconecto de aquel lugar, deje
aquel trabajo a mis amigas. Empecé a pensar, a recordar cada uno de los
momentos compartidos con ellos. Traspasé aquella frontera que muy pocos logran,
la barrera que separa los sueños con la realidad. Me asusté al recordar lo que
estaba viendo. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, noté como la piel
empezaba a erizarse y el vello de los brazos, inevitablemente, se levantaba.
Allí estaba mi abuelo, tratando de mandarme una señal. Él tenía la respuesta a
la duda que me perseguía, no lograba averiguar que me quería decir tras aquel
juego de gestos. Cuando parecía que lo tenía, cuando había encontrado la
solución aquel mensaje vestido de sueño; Sandra me susurró al oído que cual era mi propuesta. Volví de nuevo a
la realidad, asustado, muy asustado. Me levanté de la silla, me disculpe y salí
apresuradamente hacia la casa de Lucas. Debía ir a verle, pero yo solo. Aquel
pensamiento me dejo completamente bloqueado y la intuición me decía que tenía
que ver con Lucas.
Parecía que Úrsula había por fin aceptado poner en marcha
nuestra “misión”, pronto nos reuniríamos todos en casa de él. De aquella
persona tan inocente a la que el destino la había sorprendido de la peor
manera. Antes de partir, les comunique a las chicas que a las 10 de la noche
nos encontraríamos en la esquina de la casa abandonada, todos juntos, En ese
momento comenzaría lo que andábamos buscando, un verano invencible. El verano
invencible de todos los inviernos.
Llegué a la casa de Lucas, su madre me recibió con una
sonrisa que parecía que nada había pasado. Que sería de aquella mujer cuando
llegara la hora, que sería de su incansable sonrisa… Me especifico como y donde
se encontraba mi amigo y yo me apresuré al encuentro.
Cuando abrí la puerta de aquella habitación, no podía creer
lo que mis ojos veían. Tumbado en una cama grande, arropado hasta la frente.
Podía notar el temblor de mi amigo ante mi presencia. Su madre nos dejó a
solas.
-Lu..Lu..Lucas. Soy Axel. He venido a ver como te encuentras
Como era de esperar, no recibí respuesta. Insistí, pero en
vano. Intenté probar con una de mis especialidades, con una de nuestras
insignias preferidas, con el humor y le solté aquel chiste que tanta gracia nos
hacía.
-¿Cuál es el pez que te abre la puerta?-le pregunté yo. Ante
mi sorpresa, obtuve la respuesta. Una respuesta que me llegó hasta las entrañas
y más al verle reír.
Me
acerqué hacia aquella cama, Lucas quitó aquella manta que le tapaba entero.
Estaba delgado, muy delgado, lleno de pinchazos y conectado a unos aparatos
rarísimos. Me miró y en menos que cantaba un gallo nos envolvimos en un abrazo
que siempre recordaré. No era el momento de emocionarse y menos delante de él.
Sin tener que preguntarlo me contó su historia, lo que realmente pasaba y el tiempo que le quedaba en este mundo.
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