CAPÍTULO 5
“¡Arriésgate!”
Sabía que no sería fácil, que conseguir devolverle a Lucas
su sonrisa, me costaría muchísimo. Pero entre todos podríamos lograrlo.
Llegué a la casa de Sandra, abrí la verja que conducía hacia
el frondoso y dulce patio. Aquel patio era como el de las películas. Verde, con
alguna que otra rosa, con piedras en las que se podía leer los nombres de los
familiares de Sandra. Era tan dulce, como aquella chica de la que años andaba
enamorado. Siempre la he evitado, por temor a no ser correspondido, por miedo a
equivocarme y destruir aquella amistad tan grande. Este verano, quería armarme
de valor y decirla todo lo que sentía desde que la conocí, desde que conocí su
sonrisa y su dulzura.
¡Arriésgate muchachín! No te quedes con las ganas. Me decía
mi abuelo
A él todo le parecía fácil, pero a mí, a mí decirla hola ya
era demasiado.
Subí las escaleras despacio, temblando. Llamé a la puerta
sigilosamente. No quería molestar a nadie. De repente, la puerta se abrió y en
un suspiro, apareció ella. Llevaba un vestido blanco atado con un precioso lazo
dorado. Conté tres y avancé, la dije que
estaba muy guapa, que aquel vestido la quedaba estupendo, ella me miró y solo
sonrió.
-Sandra he venido a buscarte para contarte que hemos de
hacer algo por Lucas. No podemos dejar que nuestro amigo viva sus últimos días
encerrado en una cama, sin contacto con el exterior. Tenemos que hacer de este
verano, el mejor verano de nuestras vidas.
-Querido Axel, ojala se pudiera hacer algo. Pero creo que es
demasiado tarde. Su corazón tarde o temprano va a dejar de funcionar.
-No puedo creer lo que dicen tus labios. Lucas se lo merece…
-Lo sé y lo siento Axel. No podemos hacer nada, nada más que
esperar a que el destino haga otra de las suyas.
- Sandra, no. Tú, yo y los demás tenemos que salir ahí fuera
y demostrarle a Lucas lo que nos importa. El amor que le tenemos. Dame la mano,
coge la bici y ven conmigo.
Me tomó la mano y en ese instante el silencio invadió mi
interior. Se me hizo imposible mirarla.
-Axel, contigo hasta el fin del mundo.
Nunca había tenido había rozado sus manos, eran tan suaves
que podrían envidiar a las nubes. Aquellas palabras se me clavaron como
anzuelos en el corazón, sin quererlo me sentía atada a ella, atada de un hilo
invisible, pero que podía notar solo con mirarla a los ojos. Simplemente eran
ilusiones mías.
-Sube a tu bicicleta y de camino a la casa de Leonor te
cuento todo lo que tengo pensado hacer, para que esto se convierta en el mejor
verano de tu vida, de la mía y de la de los demás. A la misma vez, a través de
aquel hilo invisible gritamos:
-¡NO HAY UN VERANO COMO LOS NUESTROS!
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