Sentado en aquel sofá, me entraron unas enormes ganas de
leer, de adentrarme en una nueva aventura. Miré hacia los lados, mis ojos
chocaron con aquella misteriosa estantería. Me levanté cuidadosamente, pensé
tres veces si estaba haciendo lo correcto. Llegué hacia a ella, me miré en
aquel cristal en el que el tiempo no había dejado de pasar. Mis pensamientos
evocaron hacia atrás. Recordé que mi abuela me tenía prohibido abrir aquel
estante. Un libro muy antiguo me llamó la atención, le cogí con mucho cuidado e
intenté dejar todo intacto para que mis abuelos no se dieran cuenta de lo que
acababa de hacer. Desplacé sigilosamente los cristales y continúe mi camino
hacia aquella mecedora que parecía esperarme desde hace mucho tiempo.
Por el camino, aquel libro se abrió. El suelo ahora se había
pintado de un color antiguo. Decenas de papeles se habían escapado de aquel misterioso
ejemplar. Doblé mis rodillas, tenía que recoger una a una las hojas, antes de
que la abuela viniera de hacer la compra y me echará una bronca de mil
demonios.
Mis ojos chocaron con aquellos impresos, como si en ellos
las palabras fuesen aún más importantes. Pero cuál fue mi sorpresa, al
descubrir que lo que hace apenas unos segundos parecía ser un ejemplar de
misterio y terror, se había convertido en infinidad de cartas y fotografías del
pasado.
Una vez reunidas todas, me senté en aquella mecedora e
intenté ordenar cada una de aquellas cartas siguiendo su orden cronológico. Tímidamente
me dispuse a mirar las fotografías. Sí, en ellas estaba mi abuelo, pero la
mujer que le acompañaba, no era mi abuela.
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